| La Amistad: El labrador y el águila |
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A media tarde, en lo profundo del bosque, iba caminando Martín el labrador. Solía regresar a casa a esa hora, cansado por el trabajo que desarrollaba en un huerto de duraznos jugosos y aromáticos. Siguiendo el atajo que conocía para llegar a su hogar, escuchó un batir de alas cerca del manantial.
Se volvió para ver de qué se trataba. Era un enorme águila de cabeza blanca, negro plumaje y pico amarillo. Alguien la había atrapado y la mantenía sujeta de la pata derecha empleando una cadena fija a un árbol. Daba tristeza ver sometido a un animal tan acostumbrado a las alturas. Además, en el bosque estaba prohibido cazar… |
Con gran decisión, Martín se acercó al árbol. De su mochila sacó algunos instrumentos que usaba para su trabajo y separó la cadena del tronco. Sin embargo, el águila no podía volar, pues el cepo pesaba mucho. Con cuidado y detenimiento (aun con el riesgo de sufrir un picotazo) el labrador se lo quitó y el ave se elevó en el cielo, libre al fin.
El labriego siguió su camino. Comenzó a sentirse fatigado y pensó en hacer un alto. Pasos más adelante encontró la barda de piedra situada al borde de la cañada. Decidió subir y sentarse en la cima para reposar mientras disfrutaba la puesta de sol.
Una vez allí vio volar bajo al águila que había rescatado. De repente el ave planeó, se le acercó a unos cuantos centímetros y, con el pico, le quitó de la cabeza el sombrero de piel que portaba. Luego voló y voló.—¡Hey! ¡Dame mi sombrero! —gritó Martín.
Cuando vio que el águila no regresaba, bajó de la barda y comenzó a correr tras ella. Poco más allá, donde comienza el sendero que lleva al pueblo, el águila simplemente dejó caer el sombrero. Martín lo recuperó entre las ramas de un árbol y pensó “Vaya con este extraño animal. ¿Por qué habrá actuado así?”
Al día siguiente, muy temprano, cuando se dirigía al huerto, Martín notó que la barda de piedra, humedecida por la lluvia de varias semanas, se había venido abajo. El águila le había quitado el sombrero para hacerlo bajar de ella y salvarle la vida. Así recompensaba la amistad de quien la había liberado.
A partir de una fábula de Esopo.
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La Bondad: El Ruiseñor |
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Hace miles de años vivió en China un emperador sordo. Como no podía escuchar las voces de los pájaros ordenó que fueran castigados todos aquellos que no tuvieran un hermoso plumaje.
Un día, su hija Litay Fo estaba en el jardín y se emocionó mucho al oír a un ruiseñor que cantaba desde las ramas de un durazno.
—Querido amigo, no debes estar aquí, pues te aguarda un fuerte castigo —le dijo.
—No importa, de cualquier forma con estas noches tan frías no podré vivir demasiado —respondió el ruiseñor.
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Litay Fo decidió llevarlo consigo a sus aposentos para cuidarlo y gozar con sus trinos. Pero una mañana, sin aviso, el emperador entró a la habitación de la pequeña y descubrió al pájaro.
—¡Huye para salvar tu vida! —gritó Litay Fo para proteger a su mascota.
El pajarillo la obedeció.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la pequeña empezó a debilitarse por la tristeza de su ausencia. El emperador hizo traer a un médico.
—No podemos hacer nada por ella —afirmó éste.
El padre recibió la noticia con gran preocupación pero, aprovechando la visita del doctor, le preguntó por su propia sordera.
—Para ésa sí hay una cura: consiste en aplicarle al oído el corazón caliente de un ruiseñor —indicó el médico.
— ¡Que busquen uno de inmediato! —ordenó el rey.
Los hombres que trabajaban con él le llevaron, precisamente, al amado pajarillo de Litay Fo. Éste entró volando a la habitación.
—Disponga usted de mi vida. Estoy seguro que su hija se sentirá feliz si usted recupera el oído —ofreció el pajarillo al emperador, a través de uno de los súbditos que escribía el mensaje para que éste lo leyera.
Emocionado por la bondad de la pequeña ave, los ojos del emperador se arrasaron de lágrimas.
—De ninguna forma. Prefiero seguir siendo sordo que hacerte daño —indicó.
El ruiseñor siguió viviendo en el palacio. Litay Fo se recuperó muy pronto de su tristeza y el emperador supo que aquel pajarillo era el más hermoso de todos, no por su canto, ni por su plumaje, sino por el bondadoso corazón que había salvado una vida y siguió latiendo por muchos años.
Adaptación del cuento homónimo de Hans Christian Andersen
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| La fortaleza: De los Apeninos a los Andes |
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Marco tenía once años y vivía en Génova, Italia. Su padre trabajaba en una fábrica, pero no ganaba suficiente y sus deudas crecían. Por esa razón, la madre decidió partir a Buenos Aires, Argentina, para emplearse en la casa de una familia pues los sueldos que pagaban allí eran buenos. Pensaba ahorrar alguna suma y luego regresar. Aunque le dio tristeza separarse de los suyos, partió llena de esperanza. Por fortuna encontró un buen trabajo con los señores Mequínez. Cada mes escribía a Génova y les enviaba todas sus ganancias.
En una ocasión les mandó una nota diciéndoles que se sentía enferma.
Luego sus cartas dejaron de llegar. Ellos le escribieron, pero no tuvieron respuesta. Trataron de averiguar qué ocurría, mas nadie pudo informarles. La única solución era ir a buscarla hasta Buenos Aires. |
Luego sus cartas dejaron de llegar. Ellos le escribieron, pero no tuvieron respuesta. Trataron de averiguar qué ocurría, mas nadie pudo informarles. La única solución era ir a buscarla hasta Buenos Aires.
Como ni el padre ni el hijo mayor podían abandonar su trabajo, Marcó se ofreció.—Iré a Buenos Aires. Estoy seguro de hallarla —dijo.
Aunque su padre no estaba convencido, le dio permiso. Con escasas prendas de ropa y unas monedas, abordó el barco de un capitán amigo que se dirigía a Argentina.
A bordo del navío tenía miedo y tristeza. Se sentía solo, alejado de sus seres queridos y rumbo a un destino extraño. Comenzó a dudar, quizá su madre ya no vivía…
El viaje duró 27 días. Al desembarcar se vio en una enorme ciudad llena de nombres raros. Preguntando llegó a la dirección de su madre. Tocó la campanilla y una señorita abrió la puerta.
—¿Vive aquí la familia Mequínez? —preguntó Marco.
—No, ahora somos otros los inquilinos —respondió ella.
—¿Dónde han ido? Mamá trabaja con ellos —inquirió Marco.
—Están en Córdoba.
La señorita y su padre le explicaron cómo llegar allí, aunque era difícil pues quedaba muy lejos. Le regalaron algunas monedas y le desearon suerte.
Muy cansado, Marco abordó una barcaza de vela que transportaba fruta a lo largo de un río enorme y peligroso. A veces pensaba en darse por vencido. Pero sus compañeros de viaje lo animaban:
—¡Ánimo! Debes ser valiente y estar orgulloso de tu búsqueda.
La barcaza llegó a Rosario. Aún lo esperaba un largo camino por tierra hacia Córdoba. Desesperado, se sentó a llorar en la calle. Entonces, por pura suerte, se encontró a un viejo marinero que conoció en el viaje que lo había traído de Europa. Éste lo presentó con otros camaradas genoveses que vivían allí, y entre todos reunieron el dinero para comprarle un pasaje de tren.
En el vagón Marco se sentía mareado y muy débil. Lo asustaba estar tan lejos de Génova. Creía que las fuerzas no le alcanzarían para llegar. Pero una vez más lo logró.
En Córdoba buscó la casa de la familia Mequínez, pero en ella le dijeron que se habían ido a su estancia de Tucumán, a 500 leguas de allí.
¿Cómo ir tan lejos? Una buena mujer le informó que al día siguiente un comerciante partiría rumbo a esa zona. Tal vez podría llevarlo consigo en la carreta tirada por dos grandes bueyes.
El carretero era un hombre duro, pero Marco lo convenció y así comenzó su nuevo viaje. A cambio de llevarlo le exigían un trabajo agotador: cargar forraje e ir por agua para los animales. No lo trataban muy bien que digamos. La situación se prolongó casi por un mes. No dormía, comía mal y en una ocasión hasta tuvo tantita calentura.
En un punto del camino le indicaron que se bajara, pues ellos no llegaban directamente a Tucumán. El pequeño siguió el resto del trayecto a pie. Las plantas le ardían de tanto andar y le parecía muy remota la posibilidad de hallar bien a su mamá.
No estaba tan equivocado, pues la señora llevaba varias semanas en cama, enferma y angustiada por encontrarse lejos de su familia. A pesar de que los señores Mequínez la cuidaban con mucho cariño nada parecía animarla y se resistía a la operación necesaria para curarla.
Pero una mañana el pequeño Marco llegó a la casa donde se encontraba, casi descalzo y con su ropa rota. Al verlo, su madre no podía creerlo. Llena de felicidad por estar de nuevo junto a su pequeño, lo abrazó muy fuerte y le dio muchos besos. Admirando su ejemplo de templanza y tenacidad decidió aceptar la operación.
Ésta fue todo un éxito. A los pocos días la señora se hallaba restablecida y feliz de tener a su hijo al lado.
Marco se inclinó para darle gracias al doctor, pero éste le dijo:
—Levántate muchacho. Eres todo un héroe. Tú fuerza la ha salvado y la aventura que viviste te dio el temple necesario para enfrentar la vida y sus desafíos.
Adaptación del cuento homónimo incluido en Corazón de Edmundo de Amicis.
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Honestidad: Ping, el jardinero |
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Vivió en China, hace unos dos mil años, un niño llamado Ping. Su pasatiempo favorito era el cultivo de las plantas. Gracias a sus cuidados en el jardín de su casa habían crecido cientos de flores hermosas. La gente que pasaba por la calle se detenía a admirarlas y él, a veces, les regalaba un ramillete.
El emperador de China también amaba las flores, pues pensaba que expresan las cualidades de quien las cultiva. Como ya era muy viejo, estaba buscando a una persona honesta que pudiera sucederlo en el trono. Se le ocurrió hacer un concurso. Convocó a todos los niños del reino y les informó que recibiríanuna semilla.
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El que volviera al cabo de un año con la flor más hermosa heredaría el trono.
Al llegar a su casa Ping la plantó en una maceta y la colocó en el mejor lugar del jardín, donde recibía la luz del sol y el rocío de una fuente cercana. Pero la semilla nunca germinó. Transcurrió el año del concurso y cientos de niños se presentaron en el palacio con sus plantas. En la fila destacaba un brillante colorido: rojo, morado, rosa... Ping lloró al ver que su maceta sólo tenía tierra. En el gran patio los niños se formaron para exhibir sus logros. El viejo emperador, que caminaba con dificultad, veía una flor y otra. Apreciaba su textura y matices o inhalaba su perfume sin hacer comentarios. Cuando llegó frente a Ping, éste se asustó mucho, temiendo un regaño.
—¿Acaso no plantaste la semilla que te di? —le preguntó el emperador.
—La planté y por más cuidado que puse nunca brotó nada de ella —explicó el pequeño. El emperador siguió examinando las flores de los demás niños. Al cabo de un rato informó que había tomado una decisión.
—Queridos niños. No comprendo de dónde salieron todas las flores que he visto esta mañana. Las semillas que les entregué estaban hervidas y no podían germinar. Ping es la única persona honesta entre todos ustedes, pues tuvo el valor de traer la maceta sin planta alguna. He decidido heredarle mi reino. Sólo un hombre honrado puede gobernar esta gran nación.
Cuento popular chino.
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| Humildad: El don de las perlas |
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Una viuda tenía dos hijas muy bellas. Se parecían mucho pero tenían un carácter muy distinto. Georgina, la mayor, era presumida e interesada. Pasaba días enteros mirándose al espejo y pensando en casarse con un varón apuesto y rico. Eunice, la menor, había heredado la bondad y dulzura de su padre.
Georgina y su madre vivían dándole órdenes a Eunice: “Lava bien esa pared”. “Dale de comer a los animales”, “Calienta agua para el baño”. Eunice, siempre vestida con ropa sencilla, obedecía cada una sin quejarse. Mientras tanto, Georgina se probaba costosos trajes y ensayaba nuevos peinados.
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Una mañana Eunice fue al pozo cercano en busca de agua. Iba cargando el cántaro lleno cuando una anciana muy pobre y modesta en su aspecto le dirigió la palabra:—Tengo mucho calor y deseo beber un poco de agua. ¿Podrías darme tantita de la que llevas?
—Claro, señora. Beba usted la que guste —dijo Eunice.
La señora bebió varios tragos y le dijo:
—Tu alma es tan bella como tu aspecto. Mereces que cada vez que hables, salgan perlas de tu boca.
Eunice volvió a casa. Su madre y su hermana la regañaron por haberse tardado, pero ella les contó lo ocurrido. En cuanto empezó a hablar, de su boca brotaron docenas de perlas brillantes y perfectas.
—¡Qué maravilla! —exclamaron a coro Georgina y su madre. De inmediato planearon que ésta fuera por agua para recibir el mismo don. La chica se arregló más que de costumbre. Antes de salir advirtió:
—Serán diamantes lo que salga de mi boca.
Pasos más adelante halló a la ancianita. Cuando ésta le pidió de beber, Georgina le acercó el cántaro a la boca. La señora, sin querer, derramó un poco sobre el traje de seda de la muchacha.
—Mira nada más —exclamó Georgina enfurecida—. Me ha arruinado mi hermoso vestido. Es usted muy torpe.
—Y tú eres una soberbia. Hablas tan feo que de tu boca deberían salir sapos, pues eso llevas en el corazón —afirmó la señora.
Georgina volvió a casa y narró lo acontecido. Mientras hablaba, de su boca comenzaron a salir sapitos pequeños muy brillantes e inquietísimos. Se puso a llorar. Así pasaron varios días, hasta que ella y su madre pidieron a Eunice que buscara a la anciana para ofrecerle una disculpa.
Eunice obedeció. Caminó por cinco jornadas hasta encontrarla. Cuando le explicó el cometido de su viaje y le rogó que levantara el hechizo de su hermana, la señora le explicó:
—La soberbia sólo se quita con la modestia. Perdono a tu hermana, si tú renuncias al don de las perlas.
—De acuerdo —dijo Eunice.
Nunca volvieron a brotar perlas de sus labios. Pero tampoco salieron sapos de la boca de Georgina. La experiencia les sirvió para reconciliarse y vivir con mayor armonía.
Cuento popular de Europa central
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| Justicia: La fiesta del rey |
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El rey de un país lejano era admirado por todos los súbditos que reconocían su generosidad y voluntad de ayudar. Si alguien no tenía ropa, podía acudir a su palacio —en la cima de una montaña— y recibía prendas cómodas y abrigadoras. Si los padres no tenían qué dar de comer a sus hijos, les ofrecía sopa caliente.
Muchos de los súbditos se hallaban en el palacio cuando uno de los lacayos les dijo que éste planeaba organizar una fiesta de cumpleaños. Estaban invitados. Cuando la fiesta terminara cada uno recibiría un regalo. Sin embargo, les pedía un favor. Como sería necesario lavar más trastes de los acostumbrados, y el agua que subía a la montaña no era suficiente, tenían que llevar un recipiente lleno de ese líquido para depositar su contenido en el estanque del palacio.
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Todos se entusiasmaron. Al día siguiente se les veía subir con sus recipientes llenos de agua. Algunos eran de buen tamaño. Otros, sólo para salir del compromiso, llevaban apenas un dedal. Unos más ni siquiera se molestaron en cargar algo. “El rey es tan bueno”, pensaron “que no va a pedirnos nada”. Cuando llegaron, vaciaron sus recipientes en el estanque y los dejaron a un lado.
La comida fue espléndida: lechones horneados, papas cocidas en el jugo de éstos, jarras de vino, fruta fresca, queso, nueces garapiñadas y turrones. Después de escuchar la alegre música de panderos y guitarras, el rey y su corte se pusieron de pie para retirarse.
Los invitados, que esperaban el regalo, se inquietaron. Si el rey se iba ya no habría regalos. Cuando desapareció por la escalera que conducía a los aposentos reales murmuraron. “Ya ves que tonto eres —decía un hombre a otro— de nada te sirvió cargar ese recipiente gigante. Yo no cargué nada y comí bastante bien.”
Cuando la gente comenzó a dispersarse hombres y mujeres caminaron hasta el lugar donde habían dejado sus recipientes y los hallaron repletos de monedas de oro. Entre más grandes eran, más monedas contenían. A los dedales apenas les cupo una y a quienes no habían llevado nada, nada les tocó.
—Agua tengo suficiente —les dijo el rey desde el balcón. Quise ponerlos a prueba y mostrarles que la justicia consiste en darles lo que les toca según su esfuerzo.
Leyenda popular
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| La lealtad: El rey incrédulo |
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Hace miles de años, en una remota población de la India, un rebelde llamado Asoka había sido condenado a muerte. Eran tiempos terribles de guerras y castigos muy severos.
Su madre vivía en un punto muy apartado y él quiso despedirse de ella. Solicitó al rey permiso para alejarse unos días. Éste era un hombre duro y sin sentimientos, así que se lo concedió con una terrible condición. Para garantizar su regreso, otro hombre debería ocupar su lugar mientras él se hallaba ausente. Si no volvía, sería ejecutado en lugar suyo. El monarca estaba seguro de que nadie se arriesgaría a ayudarlo.
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Pero se equivocaba. El hombre buscó a Apu, su mejor amigo, y le explicó la situación.
—¿Podrías quedarte en mi sitio mientras voy a ver a mi madre por última vez? —le solicitó.
—Anda tranquilo, yo sabré cómo arreglármelas —respondió Apu.
El permiso duraba una semana. Asoka salió e inició su viaje.
Pasaron seis días y empezó a prepararse la ejecución del Apu, el sustituto, que debía llevarse a cabo a la mañana siguiente. El rey preguntó a los carceleros cómo estaba.
—Nos sorprende encontrarlo tan sereno. Está seguro de que Asoka volverá.
—Pobre ingenuo —comentó el rey.
Aun en la noche anterior a la ejecución el rehén estaba muy tranquilo. Le sirvieron su cena y la disfrutó bocado a bocado. Después entonó las notas de una canción y se quedó profundamente dormido. Estaba seguro de que Asoka iba a regresar.
Al monarca le daba tristeza lo confiado que era ese hombre. “Pobre infeliz” pensó, “terminará pagando una pena que no le corresponde. Pero será una buena lección para que nadie confíe en los demás”.
Clareó el alba. Era el día de la ejecución. Todo estaba listo para llevarla a cabo. El preso fue conducido al patíbulo. Para asombro de la gente una amplia sonrisa en el rostro dejaba ver sus dientes blanquísimos. Era todo un ejemplo de valentía en una situación tan difícil.
Cuando el rey estaba a punto de dar las instrucciones para que la ejecución se llevara a cabo, se escuchó el veloz galope de un caballo. Asoka había vuelto.
—Aquí estoy. Llegué justo a tiempo a la cita que teníamos —anunció.
Cuando el monarca vio, con gran emoción, que Asoka cumplía su palabra, decidió dejar en libertad a los dos amigos. Éstos se lo agradecieron y tomaron su camino. El corazón del rey incrédulo recuperó la fe. Suspendió todas las ejecuciones y fue un hombre dulce y compasivo.
Leyenda de la India
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| La libertad: Una lección para el gallo |
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Aunque nadie olvidaba sus obligaciones, la vida en el pajar era muy divertida. Vivían en él doce gallinas con sus polluelos, y una pareja de ratones con sus crías. ¡Se la pasaban tan bien! Las gallinas conversaban en voz alta, los polluelos corrían de un lado al otro y los ratones desordenaban los montones de heno. Todos entraban y salían a su gusto.
El dueño de la granja era un hombre de buen carácter pero no aguantaba tanto escándalo. Además, siempre se le hacía tarde para levantarse. Para resolver los dos problemas decidió comprar un gallo. Cuando éste llegó al corral todos pensaron que con él podrían divertirse aún más. Pronto se desilusionaron: |
—No perdamos el tiempo —dijo el gallo. ¡A trabajar!
Exigió a las gallinas guardar silencio. Les prohibió a los polluelos salir a jugar y expulsó a los ratones.
—¡Déjalos seguir viviendo acá! —pidieron las gallinas.
—No. Y yo soy el que manda aquí.
El corral se volvió un lugar triste. No se permitían visitas, charlas o juegos. Todos se despertaban de madrugada. El orgulloso gallo salía a eso de las cuatro, se encaramaba en un palo y desde allí cacareaba “Quiquiriquí, quiquiriquí” hasta ponerles las plumas de punta. Poco a poco fue creciendo el disgusto.
—Es un tirano —comentaban en voz baja las gallinas.
Aprovechando un agujero en la esquina del pajar, se pusieron de acuerdo con los ratones. Cada quien dio su opinión y tramaron un plan. Una noche, cuando el gallo dormía, uno de los ratones untó con goma el palo donde se subía a cantar.
Como todas las madrugadas, el gallo se trepó: “Quiquiriquí, Quiquiriquí”. Pero al querer bajar no pudo mover las patas: las tenía pegadas.
Los habitantes del pajar reanudaron su vida de antes. El gallo pasó varios días a la intemperie, pegado a la percha, hasta que una noche les preguntó:
—¿Para qué me hicieron esto?
—Para que ves lo desagradable que es que alguien te imponga su voluntad —respondieron.
Tras pensarlo, el gallo les pidió perdón. Entre todos lo ayudaron a bajar de la percha y desde entonces nadie da órdenes en el pajar: los habitantes (incluyendo al gallo) se ponen de acuerdo para trabajar —y divertirse— juntos.
Fábula popular.
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| La paz: La paloma de la paz |
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Hace miles de años hubo en Asia dos príncipes enemigos que constantemente se amenazaban aprovechando el menor pretexto. Uno de ellos decidió declarar la guerra y ordenó a los habitantes de su nación que se prepararan para luchar. El otro príncipe aceptó el desafío. Sin embargo, como habían pasado más de quince años desde la última batalla, no recordaba dónde estaban guardadas su armadura y su ropa de combate. Cuando faltaba un día para el enfrentamiento pidió a su madre que le llevara su casco. La señora regresó con las manos vacías.
—¿Por qué no lo trajiste? —le reclamó.
—No pude cargarlo, pesa mucho —contestó ella.
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—Yo mismo iré por él.
—No, por favor no lo toques —pidió la madre mientras le impedía el paso.
—¿Cómo piensas que puedo ir a la guerra sin casco? —preguntó él.
—Mira hijo, dentro de tu casco, que estaba en el patio trasero, una paloma hizo su nido, y dentro de él hay tres pequeñas crías. Las palomas son las aves de la paz: nunca hacen daño a nadie. Todos los días su madre les trae de comer lo que encuentra. ¿Cómo puedo destruir su nido? Cuando vea que quiero tomar el casco, la madre se irá volando y dejará llorando a los polluelos. Eso traerá desgracias a nuestro país..
El príncipe no quería discutir con su madre y se presentó al combate sin casco. Al verlo, su enemigo quedó sorprendido.
—¿Cómo se te ocurre combatir así?
—Mi madre halló que en el casco viven una paloma y sus polluelos. No quisimos hacerles daño.
El otro príncipe no podía creer lo que escuchaba y pidió a uno de sus hombres que comprobara si la historia era cierta.
—Pues sí. Dentro del casco hay tres palomas muy pequeñas con su madre. Se me hace que apenas rompieron el cascarón —confirmó el enviado.
Entonces el príncipe le tendió la mano a su enemigo.
—Hagamos la paz para siempre. Le propuso. Tu madre no quiso destruir el nido de la paloma y sus polluelos ¿cómo podemos querer tú y yo destruir los hogares de miles de personas?
Desde aquel día, los dos reinos fueron amigos y la paloma se convirtió en símbolo de la paz.
Leyenda de Bakú, Azerbaiyán.
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| El perdón: La ballena herida |
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Las islas Orkney se encuentran al norte de Escocia. Son un lugar frío donde casi siempre llueve. La gente anda muy abrigada y vive de la pesca gracias a las especies de sus aguas transparentes. En ellas suele haber grandes ballenas, a las que llaman “selkie”. Los niños las quieren, y les gusta contemplarlas. Pero para los pescadores no resultan tan simpáticas. Uno, en especial, las odiaba porque cada vez que echaba sus redes al agua, las ballenas las rompían sin querer, o mordisqueaban los peces y el hombre no podía aprovecharlos.
Durante una temporada la situación se volvió más difícil: no había un solo día en que la red quedara en buenas condiciones. Y tampoco había peces qué llevar al mercado.
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Furioso, el pescador decidió solucionar al asunto. Una mañana tomó un filoso cuchillo y se subió a su barca vestido sólo con pantalón corto. Entonces vio venir a una ballena. Se puso el cuchillo entre los dientes y se echó al agua. Su juventud y el cuerpo atlético le permitieron nadar hasta el enorme animal.
Sin pensarlo más, la hirió. La ballena, adolorida, se movía con gran fuerza. El cuchillo escapó de las manos del pescador, y se hundió hasta el fondo del mar. Al mismo tiempo, la ballena lastimada se alejaba. “Perdí mi cuchillo”, pensó, “pero por lo menos las ballenas dejarán de molestarme.”
Al día siguiente llegó a la costa, se embarcó y tendió sus redes. Cuando las sacó del agua estaban intactas, pero vacías. La situación se repitió a lo largo de siete días seguidos, en los que no pudo conseguir un solo pez. Había caído sobre él “la maldición de Selkie”. Sentado en la playa estaba pensando en la difícil situación cuando escuchó que alguien le hablaba por atrás.
—Amigo, tal vez puedas ayudarme. Me interesa conseguir pieles de ballena —le dijo un hombre con el rostro envuelto en una bufanda.
—Todo lo que sea contra las ballenas me interesa, ¿cuánto me vas a pagar?
—Eso ya lo platicaremos. Sólo sígueme.
Caminaron hasta un acantilado. Desde la cima el mar se veía en calma. De repente, el desconocido empezó a pronunciar unas extrañas palabras en voz alta: “¡Hey dun dar! ¡Ho dun dar!”. En un momento aparecieron docenas de ballenas. Sorprendido, el pescador trató de retroceder, pero el desconocido, que se había convertido en ballena, dio un coletazo y lo empujó hacia el mar. Ambos se sumergieron en las aguas.
Cuando recuperó el conocimiento, el pescador se hallaba en el fondo del mar. El desconocido tenía de nuevo forma humana. Al verlo despertar éste le señaló el cuerpo de un joven, recostado sobre una piedra. Parecía muerto, excepto por el color rojo intenso de una herida en el muslo.
—Es mi hijo. Y éste es tu cuchillo —le explicó mientras se lo mostraba.
—Me has traído hasta el mundo de las ballenas para vengarte ¿verdad? De seguro piensas matarme con mi propio cuchillo —dijo el pescador.
—No, no te traje para eso. Podría vengarme, pero eso en nada nos ayudaría, ni a ti, ni a mí, ni a mi hijo. Te traje aquí porque sólo la mano que hizo la herida puede curarla.
—¿Cómo?
—Pon tu palma sobre el muslo de mi hijo y piensa que preferirías no haberlo lastimado.
El pescador colocó su mano en el punto exacto de la herida. Ésta comenzó a cerrarse, sin embargo, por el brazo del pescador subía un intenso frío que le llegó hasta el corazón. Se volvió tan fuerte que sintió que pronto terminaría para hundirse para siempre y perdió la conciencia…
Lo despertó el brillo del sol. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba vivo y sano, tendido sobre la arena de la playa. A su lado vio un montón de redes. Eran todas las que habían dañado las ballenas. Pero ahora estaban remendadas, completas, listas para usarse. Y entre ellas estaba el cuchillo. La pesca fue mejor que nunca por aquellos días. De vez en cuando alguna red salía rota del agua. El pescador pensaba: “Ah, fueron las ballenas. Pero ellas, como yo, también tienen que vivir”.
Relato popular de las Islas Orkney
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| El respeto: Micha y su abuelo |
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El abuelo, el mayor de la casa, era muy muy anciano. Sus piernas ya no soportaban su peso, sus ojos ya no podían ver, sus oídos no escuchaban y en su boca no quedaba un solo diente. Su hijo y su nuera no le servían la comida en la mesa, sino al lado de la estufa, para que no ensuciara. Una vez le pusieron la comida en un tazón. Cuando el viejecito quiso levantarlo, lo dejó caer sin querer, y el traste se rompió. Todo se derramó sobre el piso.
Muy disgustada, su nuera le reprochó que dañara los objetos de la casa y que rompiera así los trastes de su vajilla.
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Empleando un tono grosero, le dijo que a partir de ese día le servirían de comer en una cubeta de madera, como las que se usaban para dar su alimento a los animales.
El anciano suspiró hondamente pero no dio respuesta alguna a esas palabras que lo habían lastimado.
Pasó algún tiempo desde esa ocasión. Un día estaban en la casa el hijo y la nuera del anciano. Los dos esposos miraban con mucha atención al pequeño niño de ambos. El infante estaba en el suelo, jugando con unos bloques de madera. Los acomodaba de una manera y de otra, como si quisiera darle forma a un objeto en particular.
—¿Qué figuras estás haciendo con esos pedazos de madera, hijo? —preguntó con curiosidad su padre.
—Estoy haciendo una cubeta de madera papá. De esa forma, cuando tú y mamá sean tan viejos como el abuelo podré usarla para servirles su comida —informó el pequeño Micha.
Sin decir palabra, el hombre y la mujer se pusieron a llorar. Sentían vergüenza de haber tratado al abuelo de aquella manera. Desde aquel día le sirvieron nuevamente la comida en la mesa, y lo cuidaron bien. León Tolstoi
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| La perseverancia: En busca del tesoro |
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Dos hermanos tenían algún dinero ahorrado y pensaban cómo emplearlo para asegurar su futuro. Al recorrer un camino que no conocían vieron un plantío de vides que estaba a la venta. Parecía abandonado. Llamaron a la puerta de la casa contigua y conversaron con el dueño.
—¿Por qué lo vende? —preguntaron.
—Lo compré hace tiempo porque decían en el pueblo que aquí estaba escondido un tesoro. Lo busqué pero no lo encontré. Me aburrí, me quedé sin dinero y ahora quiero irme a probar fortuna en otra parte, allá cruzando las montañas.
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—¿Si compramos el plantío y lo hallamos será nuestro?
—Dudo que aparezca, pero hagamos el trato.
Los hermanos llevaron la suma y, a cambio, recibieron la propiedad. Cuando tomaron posesión de ésta, todas las plantas estaban marchitas. La tierra que las rodeaba era seca, lisa y compacta.
—Bueno, manos a la obra —exclamaron y se pusieron a trabajar desde el primer día. Comenzaban cuando salía el sol, y acababan cuando éste se ponía.
Retiraron toda la basura y hojas secas acumuladas. Humedecieron la tierra para que se aflojara. Después empezaron a cavar con sus palas. En los primeros dos meses abarcaron apenas la mitad. El tesoro no aparecía y ellos siguieron buscando.
Pasó más tiempo sin que tuvieran éxito. Pero notaron que algo estaba cambiando. Por una parte, se habían vuelto más fuertes. No experimentaban la fatiga de los primeros días, además, sus brazos y manos ya eran poderosos. Por otro lado, al recibir agua suficiente y extender sus raíces por la tierra floja, las vides comenzaron a dar grandes racimos de uvas.
Había transcurrido un año. Un día se les ocurrió llevar las uvas al mercado y lograron venderlas bien. Pronto todos buscaban su fruta para preparar jaleas y mermeladas. Recuperaron el costo del plantío, y siguieron ganando más a lo largo de los años. Con el tiempo supieron cuál era el tesoro oculto en aquel terreno: la recompensa al esfuerzo continuo.
Cuento tradicional
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| Responsabilidad: El pequeño escritor florentino |
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En Florencia, Italia, vivía una familia compuesta por el padre, la madre y tres hijos. El mayor se llamaba Carlo. El padre era empleado en los ferrocarriles. Como el sueldo que ganaba no era suficiente, por las noches trabajaba como escribiente (copiaba a mano cartas y otros documentos). Lo hacía porque deseaba ofrecer a sus niños la mejor educación posible.
Aunque sabía que Carlo era un poco despistado y disculpaba sus pequeños olvidos, era muy exigente en cuanto a su desempeño en la escuela. Carlo, por su parte, comprendía el esfuerzo que estaba haciendo su padre. Sabía, además, que estaba perdiendo la vista por forzarla tanto de noche. En una ocasión le propuso ayudarlo. |
—¡De ninguna forma! —respondió el señor. No quiero que al día siguiente estés cansado y te distraigas en tus estudios.
El pequeño no quedó conforme con la respuesta y planeó hacer algo. Por las noches esperaba despierto hasta que su padre terminaba su tarea de copista y se recostaba a descansar un rato. Entonces Carlo se dirigía al escritorio y trabajaba hasta el amanecer.
La situación se prolongó por varias semanas. El padre no se daba cuenta de que las copias aumentaban, pues las hacía de forma mecánica y todos los documentos se parecían entre sí. Cuando fue a entregar el material a quien se lo encargaba, le sorprendió ver que recibía más dinero del acostumbrado. Con los ingresos extra que obtuvo compró alguna ropa de invierno para los niños.
Al cabo de un tiempo, el maestro de Carlo se quejó: el niño parecía siempre adormilado y no ponía interés en los estudios. El padre lo regañó. Pero Carlo no contó su secreto y se siguió levantando por las noches para trabajar. Al paso de los días se veía cansado y su madre pensó que quizás estaba enfermo.
Una noche, mientras hacía sus copias, el pequeño escuchó ruido. No prestó demasiada atención y siguió con su trabajo. Al poco rato oyó que alguien suspiraba atrás de él. Era su padre. El señor lo abrazó y le ofreció una disculpa:
—Querido Carlo. De veras que ya no veo lo que ocurre a mi alrededor. Doy gracias por tener un hijo como tú.
Adaptación de un cuento de Edmundo de Amicis incluido en Corazón, diario de un niño.
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| La solidaridad: La abeja reina |
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Tres hermanos habían partido, cada uno por su lado, en busca de fortuna. Los mayores eran apuestos e inteligentes. El menor, llamado Benjamín, no tan guapo y un poco distraído. Meses después se encontraron. Los grandes se rieron de Benjamín y le comentaron: “Si nosotros, con todo nuestro ingenio no hemos podido salir adelante, ¿cómo quieres hacerlo tú, siendo tan bobo?”
Andando, llegaron a un hormiguero. Los mayores quisieron revolverlo para divertirse viendo cómo corrían los asustados insectos. Pero Benjamín intervino:
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—Déjenlas en paz. No las molesten.
Pasos más adelante encontraron un lago con docenas de patos silvestres. Los mayores propusieron apoderarse de un par de ellos para asarlos y comerlos. Pero Benjamín se opuso:
—Déjenlos en paz. No los molesten.
Por último, en el tronco de un árbol, hallaron una colmena. Producía tanta miel que ésta escurría por las ramas. Los hermanos mayores planeaban encender una hoguera para hacer un espeso humo, expulsar a las abejas y comerse toda la miel. Pero Benjamín salió en su defensa:
—Déjenlas en paz. No las molesten.
Cansados de caminar sin rumbo, llegaron finalmente a un pequeño pueblo donde, por efecto de un hechizo, todos los animales y los habitantes se habían convertido en figuras de piedra.
Entraron al gran palacio. La corte y el rey habían sufrido el encantamiento de otra manera: habían caído en un sueño profundo. Tras recorrer las galerías los tres hermanos llegaron a una habitación donde había un hombrecillo de corta estatura.
Al verlos, éste no les dijo nada. Simplemente los tomó del brazo y los condujo a una mesa donde estaban servidos ricos manjares. Cuando terminaron de cenar, sin pronunciar palabra, llevó a cada uno a un confortable dormitorio. Los tres durmieron un sueño reparador, y despertaron llenos de energía al día siguiente.
El hombrecillo fue por el hermano mayor y lo llevó a una mesa de piedra para darle de desayunar. Sobre ella estaban escritas las tres pruebas que debía superar para librar al pueblo del encantamiento.
La primera era ésta: en el bosque, bajo el musgo, estaban las mil perlas de la princesa. Había que buscarlas todas antes de que el sol se pusiera y traerlas al palacio. Si no las hallaba, él mismo se convertiría en piedra.
El mayor fue pero, a pesar de su esfuerzo, sólo halló cien, y se convirtió en piedra.
Al día siguiente, el segundo hermano realizó la prueba, pero sólo halló doscientas y también se convirtió en piedra.
Llegó el turno de Benjamín. Éste llegó temprano y se puso a buscar en el musgo. Casi no encontraba ninguna y se sentó en una piedra a llorar de aflicción. Pero por allí andaba el rey del hormiguero que él había salvado. Venía acompañado de cinco mil hormigas para ubicar las perlas. En muy poco tiempo habían encontrado todas y las juntaron en un montón.
Cuando volvió al palacio para entregarlas, Benjamín encontró que le esperaba la segunda prueba. La llave de la alcoba de la princesa se había caído al fondo del lago. Era necesario recuperarla.
Al llegar a la orilla vio a los patos que había protegido de sus hermanos. Todos se sumergieron bajo el agua y, en cuestión de minutos, uno traía la dorada llave en el pico.
La tercera prueba era la más difícil. Entre las tres hijas del rey, que estaban dormidas hacía meses, había que escoger a la menor, que era la más buena. El problema es que eran muy parecidas. Sólo las diferenciaba un detalle. Las dos mayores habían comido un terrón de azúcar, y la menor, una cucharada de miel. “¿Qué haré?” pensó Benjamín muy apurado.
Pero entonces, por la ventana entró volando la reina de las abejas y se posó en la boca de la que había comido miel. De este modo, Benjamín reconoció a la más buena.
En ese mismo instante se rompió el encantamiento. Los habitantes del palacio despertaron y todas las figuras de piedra recuperaron su forma humana. Benjamín se casó con la princesa más joven y, años después, llegó a ser rey. Sus hermanos, liberados también del hechizo, se casaron con las otras dos hermanas.
Adaptación de La abeja reina de los Hermanos Grimm.
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| La tolerancia: El patito feo |
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Era verano y todo florecía. Una pata estaba empollando sus huevos y esperaba que sus polluelos rompieran el cascarón. Pronto así ocurrió. De cada uno comenzó a salir un pequeño pico y poco a poco fueron surgiendo las diminutas aves, que más bien parecían bolas de algodón dorado.
—¡Qué crías tan preciosas! —comentó una vieja pata vecina que pasaba por allí.
—Todas se parecen a su padre —respondió orgullosa la pata.
Sin embargo, aún faltaba por romperse un cascarón: el del huevo más grande de todos. Al cabo de unas horas salió de él un patito negro y grandullón.
—Está muy feo —opinó la vecina. |
—Es diferente a todos, pero yo lo encuentro hermoso. Como mi pequeño que es lo educaré junto con sus hermanos y lo llevaré a conocer a los demás patos —sostuvo la madre.
Pero sus hermanos, los otros patos y hasta algunas otras aves de corral lo rechazaban. Según ellos era tonto y no debía pertenecer a su grupo. Las cosas empeoraban cada día. Finalmente el patito decidió huir y buscar más suerte en otra parte.
Estuvo en una granja donde tampoco lo trataban bien, pasó el invierno con mucho frío y sin alimentos suficientes. Al cabo de meses llegó la primavera y él siguió buscando su fortuna.
Una mañana pasó cerca de un lago y vio a un hermoso conjunto de cisnes que nadaban en él, bajo las ramas de los árboles en flor.
—¿Me puedo meter al agua con ustedes? —les preguntó.
—Claro que sí. Eres uno de los nuestros —respondió el mayor.
—No se rían de mí, ya se que soy bastante feo.
—No es burla, mira tu reflejo en el agua.
El patito no podía creer lo que estaba viendo. En el curso del invierno se había transformado en un cisne tan blanco y elegante como los que estaban en el lago. Así pues, se echó a nadar con los otros.
Los niños que vivían por allí lo miraron emocionados:
—¿Ya vieron al nuevo cisne? Es el más hermoso de todos —opinaron.
Cuando los patos lo vieron se dieron cuenta que toda criatura viviente guarda, secretamente, su propia belleza y está llena de dignidad. Lamentaron no haberlo reconocido a tiempo.
Él no podía creer lo que estaba ocurriendo. Mientras lo elogiaban pensó para sí: “Nunca soñé tanta felicidad cuando era el Patito feo”.
Adaptación del cuento de Hans Christian Andersen
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Referencias:
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